Siempre hay una primera vez

(Por: Daniel Brown Mansilla) Desde hace mucho tiempo esperaba por escribir este post. Han sido varios años los que se ha escrito sobre innumerables derrotas de la Selección, procesos que terminaron en fracaso, entrenadores que no terminaron por consolidar un buen trabajo y jugadores que pasaron de salvadores y responsables de rotundas salidas por la puerta posterior. Pero ahora es una historia diferente y hace tiempo que nos tenía que cambiar la suerte porque la selección piso suelo mundialista luego de 36 años y prepara su regreso a la Copa del Mundo.


Y aquí no hay interés por retrocer en el tiempo ni hacer un recuento de las campañas desde 1986 hasta el 2014. Hoy dan ganas de hacer un post más personal con sensaciones más concretas sobre lo que siente este servidor al vivir su primer Mundial. No es fácil ordenar las ideas porque por cada línea, sale un poco de emotividad, sale cada pensamiento, cada lágrima que es derramada de solo pensar por todo lo que se ha pasado en estos años. 

Pienso precisamente en esos años en que la Selección era uno de los "patito feos" del continente. En que jugar con Perú, para algunas potencias, eran tres puntos asegurados incluso para rivales antagónicos como Ecuador y Chile. También se me viene a la mente toda la mala leña que se fue incrementando a medida que pasaban los fracasos y lo peor, que  era en nuestro propio país y también en la gente que se la ha jugado siempre por la Selección y que hoy tiene un premio merecido. 

Pienso en esta Selección. En lo mucho que trabajó y en lo que costó revertir un mal inicio del proceso, en que incluso nos costó empatar de local ante Venezuela. Pienso en las decisiones de Ricardo Gareca que otros entrenadores no pudieron tomar simplemente por falta de carácter para asumir que el cambio era necesario, urgente y que se debía dar a toda costa. Gracias a quienes en su momento fueron parte del proceso y que aceptaron dar un paso al costado y mil gracias a los que asumieron la responsabilidad. Con seriedad y jugando sintiendo la camiseta, hemos podido llegar a Rusia. 

Pienso en las veces que derramé lágrimas de impotencia por cada derrota, por cada gol recibido. En las caídas ajustadas y en las que fueron con goleadas de escándalo como en Montevideo y en Quito en el proceso para el 2010. Por esos momentos en que me preguntaba "¿Cuándo nos tocará?" y "¿Qué será de nosotros el día que por fin vayamos a un Mundial?" y hoy toca dar las respuestas. 

Pienso en mi familia que ya disfrutó de un Mundial y que les toca presenciar nuevamente a un combinado peruano en Copa del Mundo. ¿Qué pensarán ellos al ver a este servidor en la misma circunstancia? Ellos saben sus respuestas pero por fin podemos decir que compartimos la misma suerte de estar en la fiesta grande del fútbol. 

Pienso en mis amigos. En esas noches en Magdalena en que nos juntamos con cerveza en mano y convertimos un sillón en la mejor tribuna y una sala en el mejor estadio. Triunfos, derrotas, golazos y goles errados como el de Andrés Mendoza ante Ecuador; todo eso forma parte de ese camino personal en que se siguió a la Selección y quizás, hoy ya transcurrido el tiempo, cada uno habrá pensado en esas noches de unión y fanatismo. 

Pienso en los niños del país. Si para mayores míos sus referentes eran Teófilo Cubillas, César Cueto, Roberto Challe o Alberto Gallardo, hoy podemos hablar de que varios pequeños del país quieren ser como Paolo Guerrero, Jefferson Farfán, Edison Flores o Alberto Rodríguez. Pienso en ellos porque tendrán la suerte de que su niñez coincida con una proeza de la Selección, algo que faltó en la infancia de muchos de mi generación. 

Pienso en el Perú. En que el fútbol es el mejor escape para ser feliz. Los problemas no van a faltar en nuestra Patria, pero demos una tregua y seamos felices. Si la Selección peleó por tener un lugar entre los 32, nosotros como sociedad podemos pelear por ser mejores cada día, por hacer respetar nuestros derechos como ciudadanos y hacer respetar los de las personas. 

Y muy a fondo, pienso en mi padre y en Panchito. Sin ellos, la palabra fútbol no dominaría mi diccionario ni sería tema de conversación en cada mesa que comparta con cualquier persona. Me abrazaré con mi madre mientras veamos a Perú salir a la cancha, pero a mi otro costado, ellos me harán falta en el momento del Himno Nacional, instante en que se cruzarán todo lo expuesto en líneas superiores. Si hubo un deseo que nunca se cumplió, fue compartir con ellos a Perú en un Mundial, pero al destino no se le puede ganar ningún partido. Por ellos y por quienes nos tomaron la delantera.

El primer partido del Mundial lo veré con mi mamá. Ella dice que no ve los partidos para evitar el nerviosismo, pero de ella fueron los primeros brazos que me recibieron apenas el "Orejas" Flores metió el gol con Bolivia. Fue el primer gol apenas mi viejo se fue al cielo. Los brazos de mi mamá son también los brazos de mi papá y ahí está mi Mundial, el que esperé por muchos años. 

Vamos Perú. 

Comentarios